“Esto es una sátira, todo parecido con la realidad es una putada” reza en el primer pantallazo de la última parte de la saga publicada de Torrente, ese “brazo tonto de la ley” que se mete en donde no le llaman. Forzosa advertencia y debería ser innecesaria en el mundo actual. Y Santiago Segura tiene la fórmula probada para burlarse de ciertos aspectos de la sociedad que pueda pasar por su visión y convertirlas en una viñeta de cómic de humor, redondeando así la comedia. Sin humor esta película, como el resto de sátiras no sirven. La sátira duele o no es.
Ahí donde la sociedad falla, el viñetista caricaturiza. Santiago Segura está con su circo particular para dibujar y desdramatizar lo que pasa por el mundo y en concreto con esa “Rue del Pesebre” que parece el Estado español en ocasiones. En ese sentido, como en el papel lo hizo Ibáñez durante tanto tiempo, Segura quita las paredes de la comunidad de vecinos española y en algunos de los momentos mundial. Lo hace además con su mejor arma: Torrente. Además, Santiago Segura, que lleva mucho tiempo en el negocio audiovisual, y no sólo como cineasta, conoce a gran cantidad de “amiguetes” que invita a celebrar esta orgía de cameos para que la gente haga risa fácil y reconozca a este o aquel famosete de postín.
En el caso de esta entrega, en pleno 2026 Santiago Seguro saca punta a Nox y a su líder Carrascal y el chiste se cuenta solo. Sólo hacía falta de hecho que hubiera alguien que lo hilara convenientemente. El 60% del objetivo es hablar de esa formación política verde en el que piensas inevitablemente salvo que vivas en una cueva (o quizás también si vives en una cueva). Prácticamente el grueso de la película es dejar a la altura del betún a esa formación política pero como ha señalado alguno ¿blanquea Santiago Segura a esa banda política del Hemiciclo? Yo diría que no. Y lo mismo sucede cuando -menos- aparecen actores de otra parte del arco parlamentario, presidente del Gobierno incluido.
Algún guiño lujoso a Ciudadano Kane, algún invitado que hace incómodas parodias de presidentes extranjeros. Está todo permitido con el escudo del humor.
Hasta ahí la fuerza de la película, en donde también hay algún que otro problema. La película parece en muchos casos una sucesiones de sketches para realizar la gracieta y la broma. Tanta caricatura a veces cansa y en algún momento nos pareció tremendamente repetitivo pero hay que tener en cuenta que algunos chistes están verdaderamente sembrados y eso compensa bastante.
A estas alturas de la película, -nunca mejor dicho- cuando la gente va a ver Torrente al cine ya sabe lo que va a ver. Una sucesión de tropelías graciosas y risas a mogollón. Además sabemos que tiene periodo de caducidad más que preferente, inmediato. La sátira de cuestiones modernas y noticiables caducan en un rato con la moraleja “si no quieres a Torrente como presidente… no les des alas a éstos”. Cualquier elección puede descabalgar a esta reflexión. El cameo final del que se pueden enterar sólo googleándolo es verdaderamente interesante y es un actor que durante un buen tiempo tuvo el chaparrón de la censura y es fácilmente reconocible. Ese genio del mal que está bien hilvanado y que sirve como marco de ciencia ficción para finiquitar la sucesión de elementos humorísticos. Durante un tiempo nos parece estar atrapados en especial de José Mota pero con más mala baba y con mayor factura técnica (mayor que la propia de la televisiva).
En definitiva, y por no hacer de esta crítica algo más largo que un día sin pan, Torrente presidente cumple las expectativas de los que ya saben a lo que van al cine. Es una flor de un día que merece existir, con fecha de caducidad muy próxima y de risa como un motor de explosión que después se estabiliza de manera rápida. Ir al cine con la mente limpia -como siempre – y disfrutar de unas risas entre colegas, esa es la excusa. No deja mucho títere sin cabeza, además.
Foto: promocional





