Hay discos que trascienden su condición musical para convertirse en auténticos fenómenos culturales. Tubular Bells, publicado el 25 de mayo de 1973, es uno de ellos. Fue el álbum de debut de un joven músico británico llamado Mike Oldfield, que con apenas 19 años firmó una de las obras más sorprendentes de la música contemporánea.
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La historia del disco está estrechamente ligada a Richard Branson, fundador de Virgin Records, que apostó por aquel proyecto instrumental cuando prácticamente nadie parecía interesado en publicarlo. Oldfield había grabado una primera maqueta interpretando él mismo buena parte de los instrumentos, y su propuesta, una compleja composición dividida en dos largas partes, terminó convirtiéndose en el primer gran lanzamiento de la compañía discográfica.
Aunque el álbum ya había comenzado a llamar la atención, su historia cambió radicalmente cuando el director William Friedkin utilizó un fragmento de su primera parte para la película El exorcista (1973). Aquella música quedó asociada para siempre al terror cinematográfico y multiplicó la popularidad del disco, aunque conviene recordar que Oldfield no compuso la obra para la película ni participó en su banda sonora original.

El éxito fue extraordinario: alcanzó el número uno en las listas británicas y permaneció durante meses entre los discos más vendidos. Se convirtió, además, en uno de los grandes éxitos comerciales de Virgin Records y abrió las puertas a una nueva forma de entender la música instrumental y progresiva.
Tubular Bells no es necesariamente el mejor disco de toda la trayectoria de Oldfield, pero sí el que definió su personalidad artística y cambió su vida. Una obra ambiciosa, experimental y extraordinariamente imaginativa que, más de medio siglo después, conserva intacta su capacidad de sorprender.





