La muestra Para que podamos vivir. La Laguna, 1968-1983 explora la transformación cultural, política y urbana de La Laguna a través del arte, se clausura el domingo (día 13)
El museo TEA Tenerife Espacio de las Artes despide este domingo (día 13) la exposición Para que podamos vivir. La Laguna, 1968-1983, un proyecto comisariado por el equipo de TEA —coordinado por Néstor Delgado y Vanessa Rosa— junto a Serafín, Juan Albarrán, Daniasa Curbelo y Servando Rocha. La muestra, que ofrece acceso libre y gratuito, puede visitarse en su horario habitual de 10:00 a 20:00 horas. La propuesta invita a entender La Laguna como un caso de estudio en el que se cruzan intensos procesos culturales, políticos y urbanos. Con ello, la exposición se aleja de una visión patrimonial estática para poner el foco en su dimensión de espacio vivo y en constante transformación.
El proyecto toma como punto de partida la propia colección del museo —tanto los fondos fotográficos como los plásticos, incluidos aquellos vinculados a la histórica Sala Conca— con el objetivo de recontextualizar las obras en el momento histórico en que fueron creadas y exhibidas. En este sentido, el equipo comisarial señala que, más que construir un relato cerrado, la muestra activa materiales y documentos que presentan a La Laguna como un ecosistema cultural complejo, atravesado por tensiones, desplazamientos y formas de experimentación que desbordaron los marcos institucionales. Esta aproximación permite no solo releer la colección, sino también abrirla a nuevas interpretaciones, conectando las prácticas artísticas con los procesos sociales y políticos que las hicieron posibles.
Entre los elementos destacados del recorrido se encuentra la obra colectiva Mural 76, fiel reflejo del espíritu de colaboración de la época. Capitaneada por Raúl de la Rosa desde la sección de arte del Ateneo de La Laguna, esta instalación reúne el trabajo de 48 artistas en una pieza común inspirada en El nacimiento de Venus, de Botticelli.
Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983 reúne obras de Pepa Izquierdo, Mari Carmen del Toro, Ernesto Valcárcel, Pedro González, Juan Luis Alzola, José Socorro, Leopoldo Emperador, Juan José Gil, Rafael Gurrea, Francisca Délano, Andrés Delgado, Luis Fuentes, Gonzalo González, Rafael Monagas, Lola del Castillo, Dácil de la Rosa, Ventura Alemán, José Martín, Tomás Carlos Siliuto, Loly Iñiguez, María Jesús Pérez Vilar, Elena Lecuona, Domingo Vega, José Abad, Antonio Zaya, Arminda del Castillo, Raúl de la Rosa, Alejandro Togores, Maribel Nazco, Luis Alberto Hernández, Walter Meigs, Fernando Álamo, Rubén Darío Velázquez, Cloty Acosta, Among Tea, Alfredo Abdel Nur, Juan Gopar, Juan Luis Dalda, Carles Martí, Lluís Pau, Juan José Valencia, Nacho Criado, Octavio Zaya, Fernando Álamo González, Juan Hernández, María Belén Morales, Maud Bonneaud, Paloma Polo, Juan Bordes, Ramón Díaz Padilla, José Luis Fajardo, Equipo Crónica, Tony Gallardo, Juan de la Cruz, José Luis Medina Mesa, Pedro Garhel, Martín
Chirino, Óscar Domínguez, Cristino de Vera, Juan Hidalgo, Lola Massieu, Carlos A. Schwartz, Antonio González Calimano Pérez, Manuel López, José Luis de Pablos, Efraín Pintos Barate, Rafael García Plaza, Leopoldo Cebrián Alonso y Jorge Perdomo Moreno.
Resulta significativo que La Laguna, uno de los principales núcleos de agitación cultural y política de Canarias durante los últimos años del franquismo y la Transición, haya sido interpretada mayoritariamente desde prismas patrimoniales y turísticos. Esta perspectiva priorizó la imagen de ciudad colonial histórica asociada a su trazado y valor arquitectónico. Sin embargo, dicha representación contrasta con la ebullición urbana que la convirtió en escenario de movilización política y creación artística. La Laguna encarna una mitología colectiva y un espacio de memoria marcado por el conflicto generacional y la impugnación de las estructuras heredadas, en un momento en que la dictadura daba sus últimos coletazos y emergía un nuevo panorama. Esta contradicción invita a reconsiderar la ciudad no solo como un conjunto histórico, sino como un territorio vivo. A través de esta memoria cultural, política y social, las obras de la colección del museo se resitúan en el ecosistema urbano en el que nacieron: un entorno definido por la experimentación artística, la participación ciudadana y la reapropiación del espacio público.
El itinerario de la exposición arranca en 1968, un año clave a nivel global con una clara repercusión en Canarias. Más allá del eco de las protestas estudiantiles del Mayo del 68 francés, ese año tuvieron lugar los sucesos de Sardina del Norte, emblemáticos para el movimiento obrero en el archipiélago y la creciente politización social. Además, el periodo coincide con un contexto internacional marcado por la descolonización y la reconfiguración geopolítica, con hitos como la independencia de Guinea Ecuatorial o el auge del panafricanismo, impulsado por acontecimientos como el Festival Panafricano de Argel en 1969.
En el ámbito insular, estas transformaciones convivieron con un desarrollo económico que tensionó la planificación urbana y el crecimiento demográfico. La expansión hacia las periferias y el nacimiento de nuevos barrios desbordaron los límites del casco histórico, transformando la fisonomía de la antigua ciudad no fortificada.
Durante esta etapa, La Laguna se convirtió en un territorio marcado por dinámicas contrapuestas de repliegue y expansión. Por un lado, fueron años de exilio, movilización política y encierros como forma de protesta. Las ocupaciones universitarias, las huelgas obreras y las luchas vecinales convirtieron la resistencia colectiva en una herramienta de confrontación. En este escenario, la Universidad de La Laguna actuó simultáneamente como centro de organización política, espacio de resistencia frente a la represión y catalizador de nuevas sensibilidades críticas.
Por otro lado, esta agitación impulsó la circulación de iniciativas musicales y artísticas que trascendieron los cauces institucionales y los límites de la ciudad. La urbe se convirtió así en objeto de miradas provativas y críticas, como la del grupo Escorbuto Crónico —referente del punk canario a finales de los setenta—, cuyo lema generacional enunciaba: “La Laguna debe morir para que nosotros podamos vivir”. Más que una impugnación literal, la consigna expresaba la necesidad de romper con una visión petrificada del pasado para dar paso a nuevas formas de vida urbana.
De forma paralela, instituciones tradicionales como el Ateneo de La Laguna o el Orfeón La Paz coexistieron con espacios innovadores entre los que destacó la Sala Conca, fundada en 1971. Con una actividad que se extendió a otras islas, la Sala Conca se consolidó como uno de los
focos de renovación artística más dinámicos del archipiélago. A su alrededor se articuló la denominada “generación de los setenta”, un término discutido historiográficamente que engloba a un grupo heterogéneo de creadores unidos por la experimentación y la apertura estética. La labor de la Conca fue clave para proyectar estas nuevas prácticas y conectar el arte canario con circuitos más amplios.
El recorrido cronológico de la muestra concluye en 1983, coincidiendo con la consolidación del sistema autonómico en Canarias y la redefinición de sus políticas culturales. Ese mismo año se cerró un ciclo en la Sala Conca con la salida de los artistas vinculados a su etapa inicial, poniendo fin a un periodo fundamental en la historia cultural de La Laguna.
Foto: Antonio Rueda. Temporal Bajamar, 1977. Fondo fotográfico Antonio Rueda. Colección Archivo Municipal de La Laguna





